Si nos lanzáramos en picada en medio de la rutina del comercio informal de Pedro Montt con Las Heras, nos descubriríamos como lo que somos: una especie de liquidadora de países productores. Bajo la repetición infinita de sencillas fabricaciones en serie la gente de Pedro Montt bate su vida, pero Valparaíso, que es la ciudad de la sorpresa geográfica, no sostiene la posibilidad de la homogeneidad: entremedio de los paños hay libros usados; un estudiante tocando el violín; una mujer con botas sin taco arrastrando un carro de supermercado con artículos de aseo. Lo que no se vende quieto, se vende en movimiento, en medio de la gente.
1.
Solo hay dos opciones: el día podría iniciar con un viaje hacia Santiago, yendo a buscar la mercadería a vender, los productos chinos para la arteria principal de Valparaíso, que atraviesa la mitad de su plan; o bien, podría partir sin plata en el bolsillo, y cruzando Pedro Montt hasta que toca la solidaridad de un compañero que comparte la oportunidad de trabajar: un canasto con pañuelos desechables y un letrero construido con restos de cartón blanco y escrito a plumón que dice $100 bajo la señalética de las calles Carrera con Pedro Montt. Teniendo la materia, comienza realmente el día:
“(…)la solidaridad de los compañeros de trabajo es grande” (Jorge Altamirano, varios).
Si partiera de la primera forma, habría que despertarse antes de las 7 e ir al Terminal de Valparaíso, para estar a las 9 en las grandes liquidadoras chinas de la capital. Si hay dinero en el bolsillo se puede comprar a precio mayorista e ir solo una vez en la semana, pero si hay poco y se va haciendo al día, al día también hay que ir a comprar. Y pese a que regalan los impuestos, no hay rebaja. De ese modo, la jornada de trabajo se extiende desde su partida:
“(…) es larga la tirada, tenís que estar acá soportando viento, soportando ganas de orinar, comiendo en la calle. Mucha gente piensa que se gana mucho en la calle, pero el sacrificio que se hace es muy grande, y hay que estar pensando en todo momento en no perder el capital. Poder mantener el capital que es lo que más cuesta” (Jorge Altamirano, varios).
Ahora Jorge está tratando de hacer su casa, en el cerro Las Cañas. Esta vida de trabajo comenzó hace muchos años, en medio de largueros infinitos de las líneas del tren, por allá en el sur. Vendía castañas, piñones o manzanas. Las aventuras del mercadeo y la política lo llevaron hasta Europa, donde competía con los inmigrantes de África o Medio Oriente.
Y esta calle es larga y dura, porque los comerciantes casi se ven yuxtapuestos, y ahí aparece la lucha entre compañeros:
“(…)acá si existe la competencia. Aquí verdaderamente te hací cagar unos con otros” (Jorge Altamirano, varios).
Y cuando ve a un policía recuerda la lucha de otras épocas, pero también los cambios que han sufrido:
“Sin pelear, se les hace entrar en razón. Cuando pasa el policía se les explica que la calle nos pertenece a todos, y tratas de explicarle todo educadamente. Creo que el trato de la policía ha cambiado, a todos los policías corruptos los han echado; quedan, pero quedan los menos. Acá la autoridad, como se dice vulgarmente, está a la pasá, pero podría decirte que los peores fueron los alcaldes de La Concertación: en realidad, fueron muy vacas los alcaldes de La Concertación. Por ejemplo,
sabemos que este alcalde que está ahora es un populista de mierda, si no ha reprimido es por la cosa del terremoto; cuando pase la cosa del terremoto ya no sé que irá a pasar, pero sé que en otros sectores reprimen caleta, pero acá en los carreras, el comerciante es un poquito más educado; el trato es mejor, entonces no hay reclamos en la comisaría, y a raíz de eso, nos dejan trabajar un poco. Hay muchos con permiso en esta calle, así que el trato es bueno. Te exigen higiene, te exigen buen trato con la gente” (Jorge Altamirano, varios).
(Recuadro)
Y transitando bajo el asfalto, como un subtexto o parte de las relaciones subterráneas de las calles de cualquier ciudad - en este caso del comercio informal de Valparaíso- un grupo de extranjeros latinoamericanos pasea por el sector observando, registrando con los ojos y pidiendo el dinero que prestaron. También son informales. Trabajar en la calle no da créditos en bancos ni financieras porque no da la confianza que exige el sistema, y entonces sólo queda recurrir a estos prestamistas de rápida recuperación. Para acceder a ellos hay que ir recomendado; para acceder a ellos hay que defender el lugar de trabajo todos los días, deben verte cotidianamente. Y pasan mañana a mañana cobrando una parte del dinero.
2.
Por la vereda opuesta, una mujer de avanzada edad está con un carro de supermercado típico y otro ensamblado artesanalmente, único. En este último carga conforts y detergente, y en el carrito en serie deposita galletas infantiles hasta el límite. Guillermina está sola fuera de una entrada del Supermercado Líder; su cara denota tristeza, le acaban de pasar un parte:
“(…)llega la policía y nos pasan un parte y nos quitan toda la mercadería. No nos dan permiso para trabajar: impuestos internos, de la Municipalidad tampoco, en salud tampoco nos dan permiso, no quieren nada con nosotros. La Municipalidad manda a buscarnos de una forma u otra, nos mandan al juzgado y tenemos que pagar 7500 pesos como multa. Me acaban de pasar una (…) Nos dejan a brazos cruzados, nos dejan sin carro, nos dejan sin ninguna cosa; y uno tiene que comer, tiene que pagar y hay familia y hay hijos y qué sé yo detrás de uno. Y yo digo que es una injusticia, y no sé por qué no nos dan un permiso, que es eso lo que necesitamos”(Guillermina Toro, confort).
El tono bajo y sentido esconde un acento gitano, acompañando siempre al nomadismo, la característica que se repite por el campo de batalla que es el plan de Valparaíso: arreglando costuras y bajando a los cachureos de la Avenida Argentina, ocupando un puesto ajeno hasta que aparece al dueño, y al sentirse impropia, decidir comenzar con el rubro de las sopaipillas en la Plaza O´Higgins, después a Carrera con Pedro Montt. Las sopaipillas no daban mucho, así que vino el confort. Y ahí está, apostada en la entrada del supermercado, como una verruga en las puertas mecánicas de los grandes capitales:
“(…) El Jumbo, El Líder, se niegan a que exista comercio ambulante. Muchos dicen en prensa, en la tele, en qué sé yo, que el ambulante es… como le dijera, ladrón. Que el comerciante ambulante se presta para robar, para guardar las cosas. Eso es una gran mentira. Al contrario: imagínese que me compró unas bolsas, recién me las compró. Me agarró a garabatos, por eso lo miré para atrás, me agarró a garabatos porque no le regalé dos bolsas. Me dicen: es que voh no ayudai, no vei que ando trabajando en la calle ¡Yo también estoy en la calle, pero me la gano con sudor, no ando robando! Pero hay mente y mente y que le va uno a hacerle. Ellos son los que los comprometen a uno”(Guillermina Toro, confort).
“(…) pucha, yo no nací en cuna de oro, yo no tengo plata a montones. Mis padres me dejaron puras enfermedades, entonces qué hago. Robar no quiero, traficar menos; entonces qué puedo hacer, si ellos no dan la facilidad para que uno crezca, no le veo por donde“(Guillermina Toro, confort).
Pero en esta lucha por la sobrevivencia no está sola, el carro de su pareja pasa con café cada tanto, haciendo menos pesada la calle, permitiéndose ir al baño, o compartir una colación de mil pesos. Un conversación, un cariño para seguir.
3.
Caminando desde la Plaza Victoria hacia Pedro Montt, los primeros puestos pertenecen a los artesanos, a los productos no seriados, a la fabricación propia. Ellos están aclanados compartiendo, como un núcleo diferenciado; tienen permisos de artesanos, no como el resto, que están fuera de la ley. Deben pagar mes a mes su derecho, sino lo abandonan, como los artesanos que llegaron a reemplazar a esta zona. No fue idea de ellos estar aquí, preferirían estar en lugares patrimoniales, pero aquí están, en medio del infinito devenir de Pedro Montt, en labores un tanto anacrónicas:
“Mi nombre es Cecilia, y el arte mío es el tejido a palillo y crochet. Yo compro todo lo que es materia prima, que es lana, hilo. Yo confecciono gorros, cintillos, guantes, polainas, calzones de lana- que me piden mucho-, espaldas, ponchos, cubrecamas” (Cecilia, tejido).
“En el invierno hago todo lo que es lana. Y en el verano, hago todo lo que es hilo, hago bikini, faldas, petos, boleros. Esa es mi especialidad” (Cecilia, tejido).
Y este tipo de labores hay que aprenderlas o heredarlas, y cada uno tiene su modo, su suerte:
“Lo mío, que es el tejido, yo lo aprendí por parte de mi abuelita, ella tejió muchos años, y comprando revistas de tejidos me he sacado todos los modelos. Yo por el FOSIS me gané un proyecto, y ellos me regalaron una máquina de tejer taquillera, ellos me hicieron un curso gratis por tres días. Entonces en eso yo me he perfeccionado más en la máquina, he cosido pantalones, faldas, bolsos. Pero lo he hecho preguntando y comprando revistas, viendo patrones”(Cecilia, tejido).
“Bueno, mi esposo es el técnico, yo le ayudo solamente. Él trabajó en Argentina varios años y ahí aprendió la técnica del calado y como él es mecánico se hace sus propias máquinas, sus caladoras, sus sierras. Entonces él se encarga del material y yo le ayudo con la pintura, con la manufacturación, con las terminaciones, y estoy aquí todo el día vendiendo. Pero él aprendió en Argentina esta técnica y aquí la impuso”(Daniela Martín, ayudante de calado).
“Yo aprendí más por necesidad la cosa; estoy desde los nueve años en la calle y he aprendido con los artesanos diferentes técnicas, trabajos de diferentes índoles y me fui especializando en varias. Entonces… me sirvió para trabajar, porque con los estudios que uno tiene muchas veces no estay preparado, pero no queda otra que aprender a hacer tus cosas y venderlas. Yo aprendí a hacer macramé y del macramé aprendí a hacer diferentes cosas, una vez que aprendí el arte del tejido, empezai a improvisar, a hacer tus propias cosas, tus propias creaciones; el alambre es lo mismo, en eso se basa la artesanía, en que vayas haciendo cosas diferentes a los otros artesanos: marcando tu arte”(Luis Parada, macramé y alambres).
Ellos luchan por una diferencia frente al comercio ambulante; quieren arreglar su espacio y colocar toldos. Además, desean generar asociatividad con los comerciantes establecidos.
“(…)hay un detalle importante, los locatarios establecidos deberían estar agradecidos de nosotros los artesanos, porque estamos siempre pendientes, mirando sus negocios. Aquí mismo han entrado a robar; una vez era una patota de cabros chicos y estaban metiendo la mano a la vitrina, no se habían dado ni cuenta. Todos salvamos” (Cecilia, tejido).
4.
En la ciudad otro acento gitano expresa los resabios de la mitificada multiculturalidad de Valparaíso, ya más tarde:
“Buen asaaado por acá”
Es Verónica, pero todos le dicen Pili. Se siente el olor a anticuchos. Estos son preparados la noche anterior, para que la carne no venga “tan tan fresquita”. Ella se quedará hasta las diez de la noche en la calle, pero podrá dormir recién pasadas las dos de la mañana, cuando termine de armarlos:
“Porque al otro día, yo, siendo mujer, tengo que hacer aseo, tengo que cocinar, entonces ¿En qué momento voy a prepararlos?”(Pili, anticuchos).
A las diez y media, en casa, comienza a cortar la carne, a limpiarla, ponerle adobes y congelarla.
Pili debe ayudar a su papá, pues tiene una jubilación de 80 mil pesos, también a su hija y a su madre. “Prácticamente ellos viven con el dinero que yo hago acá”. Su familia subsiste con ese dinero que gana en esa esquina desde hace 7 años, aunque hace 12 que vende anticuchos.
“Antiguamente vendía solamente los días de feria, pero por la necesidad me… me… di cuenta que también acá se podía vender a diario también… con lo que vendes acá podís parar la olla; con lo que vendes acá te sirve para pagar las cuentas: la luz, todo tipo de cuentas, porque tengo una hija que estudia, y yo como soy sola y madre soltera, tengo que sacar de ahí incluso para los estudios de ella”(Pili, anticuchos).
Pili batalla cada día descendiendo del cerro Mariposa por la mañana, con su carro unido al vehículo del hermano, y subiéndolo en la noche de igual modo. En base a la realidad de sus necesidades, con un mínimo de 150 anticuchos está salvada, 200 es un buen día.
Ella trabaja con el mismo carnicero de siempre, que le entrega la carne y ni siquiera se la cobra en el momento. Es de esas relaciones de confianza que generan los hábitos y el trabajo. Como con la gente, la clientela:
“No, no, no, tú no puedes tomarlo como puro comercio porque tú te ganas a la gente. Tú no puedes llegar y tomar el anticucho: ¡tome, lléveselo! Tení que entablar una conversación con la gente. A mí la gente me quiere harto, me estima harto, porque uno los escucha, ellos te escuchan, y no es llegar y tomar el anticucho: ya, ¡chao señora! No, y a diario es la misma gente, o sea, es la misma gente que te compra todos los días y pa’ tener la clientela que tengo yo, son más de 10 años que ya llevo en la calle”(Pili, anticuchos).
Pili trabajaba de manipuladora de alimentos, pero al retirarse las fábricas de Valparaíso hacia Con Con, ella desistió, complicada por la distancia. Entonces, cruzando por las pulgas del día domingo vio a un anticuchero y salió a luchar en la otra feria, invirtiendo el dinero que quedó de su salida de la empresa. En su primera experiencia vendió treinta de los cien anticuchos, y semana a semana fue aumentando, hasta llegar a los 500, atravesando el tiempo que necesitó para ganarse la confianza de los que por ahí pasaban. Pero no fue fácil:
“Me dio bastante vergüenza te diré, porque yo tengo mis estudios, estudié en el DUOC, yo saqué todos mis cursos, estudié computación y todo… me dio mucha vergüenza. De hecho, yo salí con un jockey, con unas gafas y bien cubierta, y gritaba muy, muy despacito los anticuchos, y el papá de mi hija era comerciante, entonces me dijo, no poh, así no resulta la cosa, y empezamos a gritar los dos, y con el grito nos dimos cuenta que se vendían más, y con el tiempo también me saqué la vergüenza de encima. Así partí, y después le tomé cariño a mi trabajo, porque lo que hago lo hago con gusto, con limpieza, con dedicación, es mi fuente de trabajo para mi familia: cuido mucho a mis clientes, cuido mucho la higiene, y aquí estoy poh”(Pili, anticuchos).
“De hecho me fue muy bien hasta el día de hoy, y me di cuenta que trabajar en esto se gana al cien por ciento: con esto tengo para alimentar a toda mi familia y para darle los estudios a mis hijos. Lo único que no tengo yo son imposiciones, pero uno dice: ¿qué hago cuando una sea vieja? ¡Fácil poh! Si el gobierno, con la Bachelet, sacó el proyecto de jubilar a las mujeres dueñas de casa, entonces cuando yo sea vieja y no pueda trabajar, por lo menos voy a tener una pequeña jubilación que te va a dar el Estado, y también el Estado me ayuda en otras cosas”(Pili, anticuchos).
Cerca de ella hay un par de puestos de sopaipillas, que aparecen como las otras opciones de alimentación para los transeúntes.
“Jamás peleo con nadie. Soy muy católica, y pienso que dios da para todos. La envidia no te conduce a nada: tú tienes que ser sólido en la vida. Todos tenemos derecho a trabajar, y eso te ayuda mucho en la vida, no ser envidioso, porque dios te compensa, y te compensa por lo que tú eres y por lo que tú crees. No, jamás compito con otras personas. Creo que la calle da para todos”(Pili, anticuchos).
Incluso cuando llegan los carabineros a correrla, Pili no se hace problemas y camina respetuosamente. Aunque sí se pregunta por qué aparecen carros nuevos y ella no tiene la oportunidad de tener uno.
Diario
Con el sol arriba, se empiezan a colocar los paños, o a desmontar las cajas de plátano. Con 12 mitades de cajas se arma el puesto, poniendo sobre ellas un cholguán que estabiliza la superficie de venta y donde se dispondrán las filas de juguetes plásticos, extendidos. Los comerciantes informales se ayudan por cajas que dicen Hecho en China reforzadas por cintas de embalaje, o carritos de mano, o en carros de supermercados, o en esos grandes bolsos cuadrillé de donde salen innumerables prendas. Entremedio se cuelan los negocios poco comunes: las plantillas, el caballero que perfora, los tejidos para animales. Hoy, en plena temporada de fiestas patrias están los disfraces de huaso patronal y china; todo se reproduce en la calle: la jerarquía sexual, económica; o viceversa, todo lo de la calle se representa a escalas mayores.
En los márgenes de este nudo, cerca del Parque Italia, hay uno o dos paños estirados, llaman la atención en su soledad y precariedad, algunos ofrecen cordones o herramientas para cortar las frutas y verduras con el diseño que se prefiera, o cuadros tridimensionales de Cristo y también pájaros.
Las Heras parece una especie de micro barrio chino donde lo que prima es lo seriado, con la variación de alguna artesanía cerca de la plaza Victoria. Una mujer con botas bajas lleva dos carros unidos con cintas de embalaje, avanza, con vanidad y equilibrio, por medio de la vereda, insertada en la serpiente de gente que es esta avenida.
El clima de septiembre es caprichoso, pasa del sol cálido a uno que no calienta nada en la tarde. Oscureciendo, el viento sopla agresivo. Muchos vendedores son jóvenes con poleras ajustadas y jeans, comerciando lentes y relojes de colores fuertes: recrean el aspecto del reggaetón y fútbol.
En la noche los ambulantes parecen ocupar menos espacio, parecen estar más apretados; lo contrario a la ampulosidad de la instalación y su mañana; menos gente transita y los vendedores cambian; aparecen sujetos que no alcanzan a ganar tanto como para pagar sus deudas, y son apuntados por otros: trabajar para pagar, salir de una oficina e ir a la calle.
La praxis de continuidad infinita sólo se ve entrecortada por la intervención de los locales establecidos, un animal mecánico fijo y sus extensiones, motos de reparto y las cápsulas que envuelven a los consumidores de restoranes, heladerías o pastelerías.
Pero la calle se resiste a ser aprehensible. De entremedio de los puestos aparece un chico con un violín, tocando música entre los buses que pasan, entre los ruidos de la serpiente de gente ofreciendo, transando y riendo. Porque los ambulantes se amontonan, se corren de sus puestos y se juntan de tres o a cuatro para hacer más corta la mañana, la tarde o la noche.
Y quizá Pedro Montt le toma el pulso a la ciudad: la gente corre una encima de otra y se ven supermercados, pequeños negocios, comidas al paso y los afiches en las paredes que dan cuenta que todos transitan por aquí#. Siempre está viva la lógica pregunta de por qué cierto porcentaje de gente no transita por el otro lado, por la vereda casi vacía que está al frente, donde da la sombra. Algún vínculo arraigado debe existir entre la ciudadanía y el comercio ambulante para elegir la vía más estrecha.
5.
A los 68 años, en un lugar casi invisible, fuera de unas cortinas cerradas, está la menuda abuela Aurelia Núñez Núñez, viuda. Trabaja hace bastante tiempo, pero de manera entrecortada; Hace más de una semana que no aparecía por su lugar en la calle. El frío asfalto la asustaba, o tenía que ir por los materiales.
“Bueno, y uno aquí a veces se está arriesgando a que le roben, que venga algún Carabinero a llamarle la atención, pero ¿sabe qué es lo que pasa? Es que la Municipalidad no nos da permiso a la gente que trabajamos ambulantes por el comercio establecido. No porque uno no quiera tener un permiso, ¿Quién no quiere tener un permiso? A veces voy arrancando de los Carabineros; ahora me ando escondiendo de la cámara que hay ahí para que no me vean mucho. Hay días que andan más fastidiosos y otros son más generosos con uno… pero yo no le echo la culpa a los Carabineros, sino al Alcalde, porque siendo que ellos, que se ganan una buena turra, podrían salir a la calle a preguntarle a la gente cómo está, si tienen trabajo. Por ejemplo, aquí hay varios discapacitados y vienen los Carabineros a llamarles la atención porque el comercio establecido reclama poh” (Aurelia Núñez Núñez, ropa).
En la casa de Aurelia vive su hijo, que también trabaja, y su hermana. Entre los tres arman el montoncito, sumado a la jubilación de asesora del hogar de la comerciante. Pero ha estado dura la sobrevivencia estos días, hay jornadas en que no vende nada. Hoy, ya cerca de las diez de la noche, ha vendido solo tres mil pesos, entre calcetas, slips, paños de cocina, gorritos y guantecitos para niños. Las lleva y las trae en un auto propio desde el Cerro Placeres. Todas estas prendas salen de las liquidadoras de Valparaíso, Aurelia no tiene el capital para viajar a Santiago a comprar; con los gastos que significaría, no saldría a cuenta.
“A veces vendía quince mil, veinte mil pesos en un día, en un rato. Pero, ahora último no salgo de los tres mil pesos, cinco mil pesos; a lo mucho diez mil pesos, y tiene que estar bien surtidito ahí” (Aurelia Núñez, ropa).
La edad y la dureza de la calle la han vuelto “ejecutiva” para trabajar: ya no llega antes de las 7 de la tarde a buscar espacio. Antes del terremoto se ponía al frente, pero comenzaron unos arreglos y se tuvo que correr; de ahí al lado transitado, tratando de quedar en la esquina, o lo más cerca posible. Una vez instalada, se vive un clima de fraternidad:
“… nos turnamos pa ir a comprar, pa cuidar las cosas cuando hay que ir al baño. Acá tenemos buena relación con la gente de los alrededores. Por ejemplo, le vamos a comprar algunas cositas al caballero allá del quiosco, ya nos conoce; con el joven que controla las micros; el caballero de aquí del restorán; a veces yo subo y me da permiso pa entrar al baño… todo así, nos conocemos y nos cuidamos los unos a los otros” (Aurelia Núñez, ropa).
La señora Aurelia no ve un futuro indefinido en este trabajo: tiene hipertensión y diabetes, y un problema en un ojo, que cuando se agudiza no la deja envolver bien los regalos, como sucedió la Navidad pasada. Esto ya no es una opción, es la última opción:
“… para nadie, le diré yo, es una gran satisfacción estar como mendigo en la calle, matándose de frío, que el calor, que el viento, que la lluvia, que hay días que no se puede trabajar, etc., etc. Era mejor antes porque tenía cama, tenía comida, tenía mi sueldo libre. Lamentablemente me tuve que jubilar nomás poh” (Aurelia Núñez, ropa).
6.
Juan está parado al lado de un carro lleno de conforts, apoyado en la delgada muralla que separa dos locales, con los audífonos puestos tocando cumbia o rock sicodélico, lentes negros y jockey. Hace 5 meses llegó a este sector de la ciudad, tiene 29 años y un hijo.
“Resulta que tengo una enfermedad: yo me dializo. Igual recibo una pensión mensual, pero igual es poco. Entonces para poder trabajar en una pega estable, con contrato y toda esa onda, no me reciben, no me admiten, entonces no me queda otra que trabajar acá en la calle”(Juan, confort).
Juan ha trabajado en diversos sectores de la ciudad: en Francia, Bellavista, Condell, desde la plaza Aníbal Pinto hasta El Almendral. Tanto como cambia el lugar puede cambiar el rubro, según la temporada. Para comprar va a los mayoristas, antes de las diez de la mañana, hora en que debe estar en la calle. El trabajo se estira hasta las 8 de la noche.
“Igual es todo el día, hay que hacerlo, hay que pelear para comer, tengo un hijo, de alguna manera tengo que tener alguna moneda”(Juan, confort).
O puede tomar la micro desde su hogar del Cerro Cordillera, llegar al kiokso que es de su amigo y primo, pedirle la llave de la bodega por la que pagan un arriendo compartido, y sacar el carro a la calle cuando han quedado conforts. Esa amistad permite acompañar que sea los ritos de alimentación, la pequeña pausa para el almuerzo, cuando baja el movimiento.
Él no es partícipe de ningún sindicato, ni tampoco tiene permiso de la Municipalidad:
“Me integro así nomás, informal, porque permiso es súper difícil. Pa la mayoría es súper difícil, y siendo que yo tengo un problema mío, que me dializo tres veces a la semana, igual me ha costado caleta sacar un permiso; no me lo dan, no queda otra que hacerla así nomás”(Juan, conforts).
Este joven vendedor conoce las reglas de la calle, y su relación con la autoridad:
“Antes sí, he tenido que salir arrancando, si no me quitan la mercadería, me pasan un parte y me voy preso. Pierdo por todos lados. Si me pillan parao así, pueden llevarme detenido, pero si yo veo que vienen por ahí y yo camino con el carro no me pueden llevar preso, porque no estoy parao en un lao”(Juan, confort).
El se puede apoyar en un muro de la intersección de los locales porque no les es competencia, no les molesta ni “les incumbe”. No determinan su día, que considera una entrada de dinero que fluctúa entre los 9 mil y los 30 mil pesos. Pasada apenas la hora de almuerzo, mientras conversamos, lleva 18 mil pesos: un día bueno para él es alcanzar los 30 mil.
“30 Lucas. Y de las 30 tengo que sacar lo que es la locomoción, tengo que separar la plata de lo que es la bodega, tengo que sacar lo que invierto, y ahí lo que va quedando pal lado, es lo que me queda a mi, la casa, pal desayuno, pal almuerzo”(Juan, conforts).
Comidas en que debe considerar a su madre, quien cuida de su hijo mientras él está en la calle, como su pareja, que ocupa un puesto sindicalizado que Juan le dejó en Uruguay, espacio que la mujer va pagando mes a mes.
La relación ciudadano- comercio ambulante y el sistema solidario es entendido por Juan:
“Es que toda la gente no puede comprarse cosas caras poh, toda la gente no tiene plata como pa estar comprando en tiendas y cosas así, es gente que es de menos recursos y les sirve esto, porque es más barato (…) todos no pueden estar pagando cosas caras y la gente pobre, no pobre, pero de bajos recursos, siempre va a comprar en la calle porque es más barato. Por decir ahora: vai a comprar este confort al súper, te sale $1600, $1500, y yo lo tengo a luca ¿dónde va a preferir comprar la gente? Claro, los que tienen les va dar lo mismo comprar ahí” (Juan, conforts).
Juan salió a la calle a los 18 años. Como casi todos los vendedores, recuerda las veces que ha tenido que arrancar de Carabineros, la ocasión en que perdió la mercadería haciéndolo. Hace un tiempo estuvo entrampado con Investigaciones, porque vendía películas piratas. Menos de un año atrás era normal ver todo Pedro Montt lleno de películas y juegos por el lado de los locales, o gente ofreciéndolas sin paños a la vista. Pero la acción de la autoridad eliminó este rubro y solo lo dejó en Uruguay.
La primera vez que salió a comerciar fue a vender en un puesto en calle Uruguay, calcetas y slips, fueron 60 mil pesos los que llevó a casa.
“(…)esto es así, hay días buenos, días malos, días más o menos, con tal que me de pa comer y pa darle de comer a mi hijo y a mi polola”(Juan, conforts).
7.
Manuel lleva 20 años trabajando en la calle. La primera vez que salió fue acompañando a su madre en la venta de vasos, unos vasos que vendían en la Avenida Argentina en la esquina que colinda con la Universidad Católica:
“(…) en ese tiempo se ganaba cualquier monea, ganabai más plata en el comercio que en una pega trabajando establecido, y hasta el día de hoy igual es lo mismo. Lo que más conviene es trabajar así (…) ahí me empecé a dar cuenta cómo se ganaba plata en la calle. En ese tiempo vendía 6 vasos en 50 pesos, unos vasos que se hacían en una botellas de vidrios que habían antes. Mi mamá los pintaba, los lijábamos, los hacíamos artesanalmente, y ahí empecé a ganar plata con esa cuestión (…) Los hacíamos con unas botellas de vidrios que vendían antes, de Coca Cola, nosotros los cortábamos” (Manuel, frutas y otros).
Su madre aún permanece en el Almendral, ahora vendiendo aceitunas, mientras que a Manuel le falta para cerrar la jornada, son las 18 horas y en su carretón de madera quedan unas pocas frutillas, que va envolviendo en cambuchos de papel en medida que se las compran, rápido, con la práctica automatizada. Alrededor de las 11 de la mañana fue al Mercado con su carretón por las diez cajas de frutillas con las que trabajó hoy. Ya están apilados a su lado los envases plásticos vacíos.
Su carro tiene ruedas, es de color naranja, de madera; atestigua su transitar por la ciudad y sus calles. Manuel ha trabajado en Bellavista, Uruguay, pero ya lleva dos años en el sector, aunque no siempre es el mismo, a veces está en otra esquina; se mueve con clara estrategia por el asfalto:
“(…)es buena la venta aquí. No molesta mucho la policía, y aparte que aquí estay tranquilito: hay poca fruta. Casi nadie vende fruta, mejor me quedo por estos lados ¡Que me voy ir a poner al lado del Mercado! Allá está lleno, hay que siempre buscar un lado donde estar piolita” (Manuel, frutas y otros).
Pese a elegir ser un frutero, Manuel cambia de rubros según temporada, vendiendo juguetes, calabazas, regalos para las madres. Ya conoce la calle, y a partir de ella puede mantener a 4 de sus 5 hijos y a su señora. Por lo mismo sabe que no es juego:
“Lo único que lo molesta a uno es la policía: te quitan la mercadería, tenis que pagar multa, te quitan la plata, ahí quedai loco, lo más tenso, lo más brígido en la calle. Ahora en este momento está casi tirá la cosa porque no molestan mucho en casi ningún lado, pero ya ligerito, de repente cuando los cabros empiecen a terminar esta cuestión de las protestas que hacen los muchachos, creo que la policía va a salir de nuevo a la calle y las calles van a quedar peladas. Ahí quedan los verdaderos comerciantes, los que han trabajado toda la vida en la calle, los únicos que quedan; tú te dai cuenta, casi nadie es comerciante, casi todos aparecen recién porque no hay pega y porque tienen que trabajar en algo, ganarse unas moneas” (Manuel, frutas y otros).
El aumento de la represión no atemoriza a Manuel, porque se autovalora como comerciante de verdad, y sabe cómo trabajar:
“(…) yo pienso que va a existir toda la vida el comercio ambulante. Nunca se va eliminar, es imposible, si no podí trabajar en un carretón, trabajai en una cuna. Cuando se ponen medios cuáticos, cuando empieza a oprimir la policía, en una caja, a trabajar de a poco” (Manuel, frutas y otros).
Manuel no acaba su rutina y come, toma bebida y fuma sin claudicar su actitud de venta. Como domina la calle tiene todas las monedas para dar vueltos encima del carretón, sin temor a que alguien las tome: la invención medial del miedo no existe para él. Trabaja casi todos los días, pero a veces descansa dos o tres, porque es parte de su libertad:
“Que voy a cambiar, si ya tengo 43 años. Y aparte ya no estoy acostumbrado, con todos los años que llevo en la calle, que nadie me mande, trabajar a horario, a un sueldo. A nosotros, acá en la calle, te puede ir mal, bien, es relativo, pero nunca te falta ná en la casa; en la casa siempre hay de todo. A veces me levanto temprano, otras tarde, entonces es una cosa a la pinta de uno, como uno quiere trabajar” (Manuel, fruta y otros).
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