Monedas Callejeras 1: Uruguay.

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A las seis y media de la mañana Suzie camina en bajada por una quebrada del Cerro Esperanza; después de varios metros en picada, llega al paradero. Tiene que esperar bastante para que pase un bus que la deje en Uruguay, la calle en que trabaja. Baja en el cruce con Chacabuco y comienza a caminar en dirección al cerro. Pasa por el lado de uno de los tres carros de café que ya están circulando con sus anchos pulmones rojos donde guardan el calor del agua- al ser destapados exhalan vapor cálido, como Suzie al respirar-; casi se complementan con el puesto que está en plena esquina preparando sopaipillas a la mayor velocidad posible, el desayuno urgente para el apuro del asalariado transitando contrareloj bajo un cielo de igual color que el asfalto, que echa pebre a la sopaipilla y va por el café, a veces por el cigarrillo suelto, sin nunca dejar de avanzar. El color lo dan los gritos de “nahue”, de unas tortillas a gamba y a cien; o el grito de uno de los cafeteros, y las formas cilíndricas plásticas de las que emergen flores de distintos tonos. Lo único detenido son tres carros de distinto origen montados: carretón, carrito de supermercado y carrito de lechero, como si al estar unidos disminuyeran su posibilidad de moverse solos, como si es que alguien los quisiera vandalizar entendería el triple alcance del error.


Suzie continúa su camino, pasa por el lado de una mujer de avanzada edad, abrigada con un jersey y chaqueta y una bufanda lila larguísima, que ya tiene su paño estirado, que vende juguetes usados y pequeños elementos como agujas. En la Plaza O`Higgins los mendigos aún duermen por encima de las bancas, enfundados en su ropa, ni siquiera una manta para paliar el frío de la costa. En el suelo, unos cuadrados marcados con tiza delimitan un territorio del asfalto y le colocan nombre propio, cubriendo el espacio con un saco de papa vacío afirmado por una piedra.
Pasada la plaza la gente come sándwiches de chancho, la calle es oficina y comedor; Suzie llega una puerta donde toca un timbre; la puerta se abre con un cordel y da a un letrero que dice café, el encargado de la bodega en su afán de sobrevivencia empieza a ofrecer servicios anexos. Ella sube lentamente la escalera circular, para sacar las bolsas con las prendas que colocará en los cuadros, manera que le llama a esas líneas que dividen las veredas, cicatrices de la pavimentación. Camina por Uruguay pasada calle Colón, al muro de la Iglesia, a ocupar un lugar que siente ganado; antes de poner los paños habla con un mendigo y pide que se corra, a veces resulta y otras no, en esta parte de Uruguay no hay marcas ni sindicatos. Hoy sólo son tres paños, ha llegado hasta tener seis, pero a su lado ya están las vecinas y con ellas la conversa que gasta la mañana.

“(…)Porque trabajar es bonito, hace bien y más encima sirve para compartir con las vecinas(…)”(Suzie, ropa usada).

Es más entretenido que estar en la casa sola bajar a luchar al plan, aún con el frío. Mientras espera que alguien se interese por sus productos va haciendo una pelota de lana que desarma un chaleco; ha sacado varias ya, que están en su paño a cien pesos cada una. El arte de la paciencia y el desmenuzamiento lo aprendió en el matadero, siendo niña; pelaba la parte de arriba del animal, hocico y guanera, junto a su familia. Cuando llegaron los hijos los puso en el cajón y bajó con ellos; hasta que se quedó en casa, y ya viuda, su hija le dijo que quería entrar a la universidad. Primero a vender en las pulgas de la Avenida Argentina; de allí se trasladó a Uruguay, e hizo del reciclaje su abastecimiento:

“Mi hermano trabaja en Recreo, tiene kioscos de diarios. Entonces él va a entregar los diarios de aquí para allá, de Esperanza a Recreo, que prácticamente no es nada, él en los tachos de basura recoge las cosas que dejan ahí, en esos tachos grandes, y yo los lavo, los plancho, los arreglo, los ordeno, los vendo 300 pesos, 500 pesos, y se va juntando de a poquito. Una moneda, otra moneda, así que contenta yo, con la  edad que tengo, tengo hasta bisnieta, así que imagínese”(Suzie, ropa usada).

A esa hora ya ha llegado de vuelta al carro blanco de pescados don Carlos, en su camioneta, después de comprar en la Caleta Portales mariscos de madrugada: macha, choro, almeja, piure, etc. Antes vendía en la Avenida Francia, pero a través de un crédito con un banco hecho durante el período de alcaldía de Pinto se compró su carro.
El carro se guarda cuando no está abierto. El que lo mueve cobra 4500 pesos diarios, y el estacionamiento son 4000. Son 8500 pesos diarios que hay que tener. 
Fuera de los carros blancos hombres con botas impermeables y delantales de goma negra ordenan pescadas, merluzas, reinetas sobre hechizas estructuras de madera; les cortan la cabeza y ponen en el suelo cubetas para recoger los desperdicios. Al igual que los que realizan otros comercios, van adaptando la calle, el humano va convirtiendo el asfalto en un lugar de trabajo lo más óptimo posible en lo precario.

La calle ya palpita, Uruguay es una serpiente de gente:
“(…)sin este comercio, esta es una calle muerta. Aquí lo que la gente busca encuentra. De una aguja pa arriba. Hay un abuelito que vende alfileres, agujas, de todo. Lo que busque, en la calle Uruguay hay. El mejor comercio que hay aquí en Valparaíso”(Carlos, pescadería).

“(…)la gente tiene que trabajar, puta que cuesta vivir en Valparaíso. Todos tenemos derecho ha que echarle a la olla, porque detrás de cada comerciante hay una familia que alimentar”(Carlos, pescadería).

El comercio informal establece sus propias interrelaciones, casi al lado del carro de pescados hay un caballero de avanzada edad enmallando en pequeñas cantidades limones; aunque hay otr@s como Marcia que aparte de vender limones trabajan prestobarbas económicas, pimentones y cortaúñas. Los limones los va a comprar al Mercado El Cardonal. Prefiere este estilo de vida, sentada frente a su paño, una buda que se enciende a la pregunta del cliente:

“Estuve un tiempo empatronada, pero aquí le sacan la mugre a uno. Y pagan tan mal, así que no. Prefiero tener mi plata y mi fuerza de vida”(Marcia, bazar).

Por el frente de Marcia se antecede El Cardonal con cortes de zapallo, fruta al detalle, verduras a las que las mujeres le tiran agua de tanto en tanto para que se vean más atractivas, para que sobrevivan al sol de invierno; algún astuto llega con su propio nylon que lo protege de lo que sea, las cuerdas que lo sostienen homologan los cables enredados de luz más arriba.

Bajo los manteles las cajas de plátanos y piñas vacías sostienen las precarias estructuras del comercio informal. En la calle de los pescados lo hacen los envases plásticos que trasladan a los nadadores. Los peces se reencarnan ahumados, sin piel, nuevos condenados en distintas formas cada mañana.

En la calle de Marcia los carros de supermercado son lo normal, ahí se apilan torres de papel confort. Desde el lugar se pueden ver los letreros de las cadenas. Otra mujer está encerrada en una especie de U que forman los cartones que muestran sus productos; alguien ocupa cajas altas de liquidadoras capitalinas para mostrar la ropa que vende.  

La lucha por la sobrevivencia se vincula a la lucha hombre naturaleza en el sentido depretativo: un anciano saca de una caja unas pieles de conejo, partes de ellos se derraman en el asfalto  y las jaibas vivas pican los dedos de quien las manipula.

Marcia come ahí mismo unas colaciones, no pertenece a ningún sindicato y no es molestada por carabineros:

“Todas las personas tienen derecho a trabajar. A ganar su plata. Más encima que la vida no es fácil”(Marcia, bazar).

Pasando por la plaza ya han llegado los libreros. Hay algunos instalados en la feria de antigüedades, y otros que tiran el paño paralelo a Uruguay. Luis, en la plaza, tiene libros de todos los idiomas, algunos de educación básica y otros de ciencias sociales; de todo un poco. No tiene urgencia por vender, está, de alguna forma, en una actitud que no tiene que ver con la caza:

“Es por un concepto de que me gusta este estilo de vida, a mi me gusta la calle, me gusta el chaucheo, me gusta el vender libros, me encanta. Yo tengo mi profesión y todo el cuento. Lo mío es una actitud de vida. Me gusta la calle”(Luis, librero).

Lo demuestra cuando le compran un libro y entrega otro de regalo, yapa, porque la compradora estuvo a punto de elegir el libro que recibe gratuitamente.

Para Luis existe un concepto de pertenencia, también:

“Pero acá el comercio ambulante, el comercio callejero, en muchos aspectos es una tradición en Valparaíso, porque la gente está acostumbrada en la calle. Desde que tengo uso de razón existe la calle(…)Les colocaron el Persa Barón, pero después la gente abandonó sus locales y volvió a la calle, porque la gente está acostumbrada a que la calle es la que deja. Hay una relación súper personal y bacán. Aparte de que las tiendas son súper impersonales, y las calles te dan una relación más personalizada”(Luis, librero).

Por las entradas diagonales de la Plaza O´Higgins sigue su senda el comercio ambulante, en los bordes de los fierros que separan el asfalto del pasto está lleno de serpientes infinitas de ropa vieja y multicolor, de carritos parados de café para atender a ese público invariable de la plaza: los viejos; la plaza Ohiggins es la plaza de los viejos y los evangélicos, ellos se la han tomado. Por la orilla de Uruguay también se las viven un par de cantantes callejeros, uno minusválido que es la perfecta copia de Sandro y hace llorar monedas a la calle que sentada en los fierros lo contempla.

Cerca del paradero, el humo sale sin parar, son los comerciantes que preparan anticuchos, empanadas, pizzas o sopaipillas.

Avanzando hacia los cerros desde la plaza, pasados los libros, está la tecnología, representada en celulares, teléfonos y otros artículos de línea blanca; hasta un computador viejo. Por estas calles está don Julio vendiendo teléfonos viejos, cuchillos carniceros importados y algunos elementos que complementan la cocina, sobre una estructura de madera similar a la que poseen todos en el cruce Independencia Uruguay, pero con la diferencia que se sale de la línea que bordea la cuneta o la pared; en cada esquina pasa lo mismo, hay comercio informal bajo los letreros negros que nominan las calles.

Cuando llega alguien a venderle algo, porque ahí le llega todo lo que vende, le pide el carnet como forma de control; algunos pasan de largo entonces, otros lo sacan con una mueca; es misterioso lo que se puede estar salvando en esta mínima transacción: un plato de comida o una adicción; Julio sólo no quiere problemas, uno ve caras, jamás lo que se esconde detrás; aunque la calle enseña a mirar no pasa lo mismo con la trampas de la autoridad: durante los años del alcalde Pinto fue estafado en su promesa de instalación.  

El lugar que ocupa don Julio está mapeado por uno de los sindicatos de Uruguay, está permitido por la municipalidad; el valor de las cosas fluctúa entre los doscientos y los diez mil pesos. 

“…hay que seguir luchando igual. Siempre da para poder sobrevivir nomás. Por lo menos es una fuente de trabajo. No muy digna, pero ayuda para sobrevivir”(Julio, varios).


2.

Hay otras rutinas que comienzan mientras las otras terminan. A las siete de la tarde Suzie ya está en casa; a las 5 y media considera que es suficiente y se levanta definitivamente; antes lo ha hecho para ir algunas veces al baño y en otras ha parado a los cafeteros para tomar algo caliente; pero esta vez el imperativo no es una necesidad;  va a dejar las cosas a la bodega. Marcia y Julio también se han ido; don Carlos ve la calle con cierta melancolía y piensa que hasta hace algunos años el movimiento no disminuía tanto cuando caía el sol, pero la sensación de inseguridad prima, la falta de policías determina la situación. Han llegado muchos lanzas, piensa.  Roban un celular y ya está reducido antes de que aparezcan los carabineros. Los lanzas van avanzando en la serpiente de gente cambiándose de ropa, pasándose entre ellos prendas, como flechas que se interseccionan en distintos puntos.
Jorge Tapia recién sale a la calle para la venta; lo hizo en la mañana para comprar los materiales, y la pizza la preparó mientras pasaba el día en su casa.  Sus horas de trabajo pueden expandirse hasta las 11 de la noche si la salida de las pizzas es lenta; siempre carga un número fijo en su horno, 100, o 120 a lo más. Jorge no lleva mucho tiempo en Uruguay, trabajaba en Pedro Montt con Freire, pero los comerciantes establecidos lo corrieron. Trabajaba en muebles en Santiago y su señora se vino al Cerro Jiménez para estar cerca de sus padres hace cerca de diez años;  pese a su edad, hace poco se decidió cambiar, dejó de hacer empanadas para darle a las pizzas. Pizzas clásicas y otras con choclo, pimentón, champiñones. En estos diez años ha salido un par de veces de la calle:
“Después encontré otra pega también, como unos seis meses, y después vuelta a vender empanás, es que no hay pega como pa’ decir, chuta, aquí voy a estar cinco, diez años… o el resto de mi vida, o sea, cómo no hay pega, tú tení’ que trabajar en el momento que tení’ que trabajar”(Jorge Tapia, pizzas).
La recibida en la calle Uruguay no fue de la más acogedora; a los 3 días ya llevaba un parte, avizorando una tensa relación con la autoridad:
“No es pa’ reír poh… si aquí te corren… si lo que más molesta es  cuando usan la prepotencia pa’ correr, o cuando te aforran un parte(Jorge Tapia, pizzas).
Pero esas rabias justifican la libertad:
“Ah sí, eso es lo bueno, que podí’ trabajar a la pinta tuya, y si tienes algo que hacer, no vienes nomás. No tienes que pedir permiso, que no es el caso cuando uno está apatronado”(Jorge Tapia, pizzas).
Y mientras la oscuridad va tomando de punta a cabo la ciudad, el carro de don Jorge va quedando, junto con otros de madera que venden baratos racimos de plátanos llenos de lunares de madurez y algunos fuera de los supermercados. Mientras, el telón del trabajo de Uruguay casi se cierra, o, por lo menos, se estrecha.

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