Monedas Callejeras n°3: Bellavista


Bellavista no es un nudo tan extendido como los estudiados antes, de algún modo está más controlado, la informalidad no se hace carne en todo el lugar. Es un soleado día de enero y el continuo pasar de motos y radiopatrullas de policía hace que los paños de quienes no cuentan con permiso se levanten y se bajen, pero es casi algo actuado, cada uno conoce su rol. Solo la rebeldía en la cara de la autoridad gana que algún carabinero se acerque al asfalto a gritar. La cinética evidencia los años de calle: a un joven se le caen sus productos al levantar el paño, los demás comerciantes lo tranquilizan. La irregularidad afecta los rostros, estar en la calle es para hacer dinero al día y hoy está pesado.


 Fuera de la confitería, en la esquina de Ecuador con Condell, un rastafari de llamativos atuendos vende distintos tipos de alimentos sin carne: cocadas, fajitas, panes, entre otros. Cruzando la calle, Bellavista recibe al caminante con la prensa en el suelo, acompañada en esta ocasión de calendarios con pinturas figurativas de Valparaíso, paisajes supuestamente típicos de vista al mar desde los cerros, además de un carro con pequeños paquetes de galletas. Por la vereda del frente se multiplican los paños y mesas- hechizas y livianas-, con lentes, relojes de colores y productos en serie. Y ese fragmento, cortado por Salvador Donoso, termina con una mujer de tez oscura y pelo muy blanco que también tiene los diarios en el suelo, que rodeada de perros fuma con las basureras.

Los adoquines arman un espacio ancho que los artistas callejeros ocupan como escenario natural. Ahí una pareja puede estar cantando Violeta Parra, puede haber títeres o un ciego guitarrista de blues con armónica fundando su mito, pero hoy está vacío. Al lado hay carretones que, pese a ser operados por los mismos sujetos, a veces venden pescados o frutas. Al lado, uno de los dos carritos de flores de Bellavista.

Cruzando Brasil, la calle siempre ruidosa en la que transita la locomoción colectiva desde unas cuadras antes, está el hipermercado Líder. Al lado de éste una placita de piedra que se extiende dos cuadras hasta Errázuriz, la calle límite antes de las rejas del puerto. El espacio está tomado por cuatro grupos: los artesanos con unos modernos módulos al centro, los libreros a las orillas, los carretones con fruta al frente y los punks que piden apoyo monetario para entrar a las puertas del capital a comprar cerveza.

Otros se cuelan entre esos grupos: la florista, el abuelo que se detiene un rato con su caja de helados York o un trabajador de la Industria Rastafari que espera a su hermano para que tome su lugar.

1.
Cristóbal Hernández se ubica fuera del Líder, acaba de reemplazar a su compañero en la Industria, ya la oscuridad bordea el cielo. Estará desde las seis de la tarde a las diez de la noche. De alguna forma el nudo Bellavista comienza y termina en ellos. Cristóbal lleva dos años en la calle, haciendo lo suyo desde Quilpué. Aparte de los alimentos ya enunciados, hay galletones de avena y jugos, que es lo único no fabricado por su grupo.

“Somos una industria de varios miembros” (Cristóbal Hernández, alimentación vegana).

Esos miembros están presentes en distintos puntos de Viña, Quilpué y Valparaíso; atacan el consumo indiscriminado de carne diseminados por las conurbaciones. Llevan un carrito metálico pequeño y sobre él una amplia caja de plástico transparente que no cabe por la puerta de un bus, donde conservan y trasladan sus alimentos, así que en metro van de allá para acá. La tapa de la caja sirve para apoyar las muestras de sus productos.

Con su aspecto particular, va formando una clientela, igual que sus hermanos. La lucha cotidiana por el sustento, por liberarse de la explotación del trabajo asalariado:

“Las lucas. Mientras esto se rija por las lucas, yo voy a ser exitoso, voy a pegarla por las lucas y voy a romper las barreras económicas, la esclavitud” (Cristóbal Hernández, alimentación vegana).

Pero en lo cotidiano, es otro el efecto:

“Se es lo que se come en realidad, mientras no te alimentes sano no puedes pensar bien. Porque la carne tiene cosas que vuelven a la gente estúpida, todo el sistema vuelve a la gente estúpida. La comida es un objetivo muy importante en esto” (Cristóbal Hernández, alimentación vegana).

Cristóbal partió vendiendo cocadas, solo, pero las miradas en la ciudad se cruzan y se identifican, entre todos forman una cooperativa invisiblemente poderosa:

“Eso es lo más importante de la Industria, que la gente piense igual a uno, porque si no habrían personas remando pa'l otro lado, como pasa con el capitalismo, la gente nunca está de acuerdo con los ideales de su industria ni se hace parte de ella” (Cristóbal Hernández, alimentación vegana).

Sus hermanos están por abrir un local en Quilpué, pero a Cristóbal esto le tiene sin cuidado:

“Es que la legalidad no me interesa. Porque el Estado pide impuestos y yo no estoy ni ahí con regalarle mi esfuerzo a los capitalistas. No solo a este estado, sino a todos los estados que controlan los capitalistas. Hacen el mal, por lo tanto no necesitan mi cooperación monetaria” (Cristóbal Hernández, alimentación vegana).

Cuando llega Carabineros Cristóbal habla y es rudo:

“Les explico que voy a seguir en la calle. Ayer los carabineros me llamaron por mi nombre, me preguntaron por qué me había vuelto rasta, por qué era así, en qué consistía mi postura, cuánto ganaba al día. Se dieron cuenta que ganaba un sueldo más grande que el de ellos” (Cristóbal Hernández, alimentación vegana).

En el campo comenzó a trabajar en la autogestión hace algunos años, experiencia que cimentó sus anhelos:

“Que no le ayuden al poder, que no le den basura a mis hijos, que no contaminen mi agua, que no contaminen mi aire, que me dejen vivir natural, como fue desde el principio, cuando el comercio no tenía impuestos” (Cristóbal Hernández, alimentación vegana).

Ser diferente no lo aleja de los otros ambulantes; comparten la concreta lucha cotidiana. Pero también quiere respeto, ha elevado la voz cuando han usurpado su lugar, es la ley de la calle: la antigüedad.

2.
Un joven mira su biblioteca, no ve que más hacer, falta dinero y no hay forma de producirlo rápido. Se consigue un puesto en el Persa BíoBío en Santiago, vende los libros que había juntado, unos cien, también los cedés originales que posee. Y es un muy buen día. Un día que abre los ojos a Rodrigo.

Hoy, Rodrigo despierta a las seis y media de la mañana en Viña del Mar cuando se levanta a buscar libros por aquí y por allá; si no, a las nueve para ir a Bellavista donde ocupa uno de los mesones en las orillas del paso empedrado frente al Líder.

Ese lugar empedrado ya se ha sacado las costras de cada amanecer: las botellas rotas, los punkis durmiendo abrazados rodeados de perros. Ya la mañana se ha activado con un señor de avanzada edad vendiendo sombreros, un carro de sopaipillas transita. La placita que ocupan como escenario los artistas callejeros aún luce rastros de humedad, para que no se pueda dormir allí y lentamente se han puesto vendedores de productos en serie, también los suplementeros.

Rodrigo llega cuando ya está todo armado, la ciudad funciona. Al frente de él están instalados los módulos de los artesanos, la mujer que trabaja las flores, hasta el joven que precede a Cristóbal como parte de la Industria.

Primero hay que ir a la bodega, sacar la yegua y traer los libros. Su entorno también está plagado de otros vendedores de libros que ya están ubicados o ya vendrán. Este espacio se obtuvo gracias a la creación de una agrupación de libreros que lo solicitó a la municipalidad.


Algunos libreros se caracterizan por tener libros políticos, otros por una selección de autores chilenos o grandes intelectuales, algunos por tener lo que las cifras en los diarios sostienen que es lo más vendido, incluso, hay quienes tiene un poco de esto y lo otro; Rodrigo eligió tener un catálogo de buena literatura, captando las tendencias de vanguardia, de este modo construye cierta clientela que en la temporada estival se expande a turistas.

Él decidió venir a Valparaíso para estar cerca de la costa. Después de un año obtuvo un permiso para trabajar en Juana Ross, el pasaje empedrado cerca del Congreso. Ahí se movió a Uruguay. Esa habilidad para mantener los permisos le permitió que en las olas represivas pudiera continuar trabajando. Considera “baratos” los permisos:

“Lo que pasa es que cuando otorgan el permiso la mayoría de la gente lo deja. Pagan el permiso unos meses y después no lo pagan. Si llegan los pacos y no tení permiso porque no lo pagaste, cagaste. Entonces si hiciste un trato hay que cumplirlo” (Rodrigo, libros).

El librero tiene claro los alcances de su trabajo:

“Hace que el libro pertenezca al entorno, que la gente vea los libros, porque la gente por lo general no entra a las tiendas. Entonces la gente pasa por acá y se acerca al libro(…) Es que Valparaíso es informal, es informal por todos lados. En Valparaíso no existen cadenas de libros, no está la Antártica, no está la Feria Chilena del Libro.” (Rodrigo, libros)

De este modo la circulación del libro se facilita con el uso del espacio público, del mismo modo en que lo ocupan los libreros que participan en otras agrupaciones, calles o ferias en la extensión del plan.


Los libros son obtenidos en distribuidoras o cachureando. Rodrigo, en Santiago, aprendió a recorrer las ferias de comunas periféricas para buscar libros, para hallar las joyas en la maleza: una edición en francés de Breton de 1933, pagar seiscientos pesos y venderla en trescientos mil.

A veces solo llegan, así: un joven con seis libros valiosos por cinco mil pesos, antes de completar la transacción Rodrigo anota el RUT y el nombre del vendedor, para no pasar malos ratos como alguna vez le sucedió.

La vida de lector lo determinó, había tratado de estudiar y también trabajado, pero no hay nada casual en su disposición de vendedor de libros:

“Muchos de mis compañeros en Uruguay venden libros porque deja más plata que vender calcetines. Pero no están familiarizados con el libro. No son lectores” (Rodrigo, libros).


3.
En medio de la teatralización policía/ambulantes se halla una mujer con un niño vendiendo lentes. Esta mujer que no quiere decir su nombre, solo dice estar ayudando o reemplazando a su marido. Esos reemplazos se han extendido durante 9 años.

Se entiende que la mujer esté acá, la rutina de su marido tiende a extenderse de diez a diez, en la medida que se pueda trabajar. Desde diciembre la represión ha aumentado y eso ha generado más intervalos en la labor, que exige estar todo el día de pie.

“Es una informalidad total, se ha tratado muchas veces de hacer un sindicato, pero nunca ha resultado. Se ha tratado muchas veces de conseguir un permiso para trabajar como se debe. No hay respuesta de la autoridad” (Anónima, lentes).

Bellavista aparece como un lugar en que la autoridad no ha dado su brazo a torcer, lo que provoca esta fragilidad.

“No estaba acostumbrada a levantarme a cada rato, a correr, porque uno tiene que correr cuando llegan los pacos. Hay días que no podía trabajar, me iba con mil pesos o tres mil pesos a la casa, por los Carabineros; de repente ellos se ponen de punto fijo y no dejan trabajar no más” (Anónima, lentes).

La determinación de salir a la calle fue tomada después que la mujer quedara sin trabajo, con ocho hijos.

 “Si tuviera un trabajo estable, con el mínimo, no alcanzo a vivir. Tengo tres niños en media. Si fuera así tendríamos que trabajar los dos y sería más complicado, por los niños. Nos alcanza para vivir, para desenvolvernos bien. Y uno no se está haciendo rico, porque al contrario uno vive pidiendo créditos, estamos ahogados. Es difícil. A veces hay ganas de establecerse, juntar plata y poner un negocio. A veces aburre este sistema. De repente no se puede trabajar. Es difícil” (Anónima, lentes).

En su casa de San Roque se guardan los lentes y la pequeña mesita plegable, se traen en auto para acá. Los viajes a Santiago a buscar anteojos son una o dos veces a la semana dependiendo de las ventas y del stock de cada modelo. Son muchos hacinados en la pequeña mesita.

A media cuadra, por Condell, están establecidas unas seis o siete ópticas, lo que genera la fácil conclusión de por qué jamás les permitirían trabajar con un permiso. En esas ópticas, que son baratas considerando los costos que tienen los lentes en las cadenas que hacen comerciales en televisión o están las tiendas de los malls, un par de lentes difícilmente baja de los veinte mil o treinta mil pesos. De este modo, los precios que maneja esta pareja recuerdan uno de los fundamentos del comercio informal, abastecer de productos vedados, generando un intercambio económico posible para la mayor parte de la comunidad:

“Porque en este momento hay mucha gente que necesita lentes y no están al alcance de ellos. [Los lentes que vendo] son los mismos que usan los oftalmólogos. Él conoce oftalmólogos y son los mismos (…) salen arriba de treinta mil los lentes, y tienen que cambiarlos porque los rompen o los pierden. Cuarenta mil, cincuenta mil en lentes(...) en cambio vienen acá y los tienen a cinco mil, dependiendo para qué los necesiten. Si ya tienen un problema más complicado, que no se soluciona con unos lentes de estos, tienen que ir a un oftalmólogo” (Anónima, lentes).

Las condiciones de Bellavista, veredas estrechas y el mayor control de la autoridad, provoca que no haya lazo afectivo con los clientes. O lo determinante puede ser el dinamismo en los rubros de trabajo:

“Él cambia, [vende] calcetas, monederos, billeteras, va rotando siempre. Hay que ir rotando las mercaderías. En este tiempo se venden lentes más que nada” (Anónima, lentes).

Y en el futuro no existe esplendor:
“En Valparaíso hay mucha gente sin pega, hay mucha gente que no encuentra pega. Todos mis hijos que han salido ya, con título y cartón, no han encontrado un trabajo. Tienen que trabajar en lo que sea, trabajos de part time, se les paga el mínimo, con muchas horas. Entonces la gente trata de subsistir, de hacer posible llevar el pan de cada día. Nada más. De una forma honrada” (Anónima, lentes).


4.
Los diarios en los pies son un símbolo de Bellavista, la cabeza gacha que estira la moneda y no ve a quien paga. Le paga a un hombre que sabe de la calle. Imagina: un niño sin hogar dando vueltas por un Valparaíso bohemio, vendiendo pastillas en los lugares donde había trago y señoritas, por la calle Uruguay. Imagina a ese niño recibiendo el cobijo de la noche:

“Tengo recuerdos muy lindos de gente que no está. Cuando yo recién me inicié con esos viejos choros de Uruguay me cuidaban igual que si fuera hijo de ellos, me llevaban pa' su casa. Con ellos yo aprendí, tenís que trabajar así: respetando al público, que ellos te dan de comer... gente que ya no está (…) Eran otros los códigos sociales. La gente era más cariñosa, más respetuosa” (Alejandro Calderón, suplementero).

Todas esas letras tiradas, impresas sobre un papel, fueron aprendidas por don Alejandro transitando por las calles, mirando los letreros y deteniendo a la gente, preguntándoles ¿qué letra es esa?

“Yo nunca fui al colegio, pero no soy ignorante” (Alejandro Calderón, suplementero).

Y también ve su cara cuando ve un muerto a puñaladas en un bar de Uruguay, décadas atrás:

“Nunca me olvidé, muerto en una pelea de cuchillos. Era normal, moría gente cada fin de semana.” (Alejandro Calderón, suplementero)

Pero el niño transitaba protegido por su cauce:

“La primera vez que gané plata me fui a los flippers, estuve todo el día jugando, costaba como cinco pesos, un peso, por ahí (...) de ahí me dedicaba a puro trabajar” (Alejandro Calderón, suplementero).

 Los mismos comerciantes de Uruguay le enseñaron los avatares del comercio informal, lo que siente como una diferencia con los demás que trabajan en la calle:

“La mayoría no saca los costos, ve el dinero y cree que todo es ganancia; yo a cada producto le aplico un porcentaje del arriendo y las cuentas, de la alimentación y transporte (…) Vi a muchos terminar mal, mendigando en la calle, yo ya me compré mi casita para la vida eterna. Hay que ser ordenado” (Alejandro Calderón, suplementero).

Un lugar donde morir, un lugar para no desvariar ni dejar huella en la última etapa de la vida, como un ex vendedor informal que gira por la ciudad rogando misericordia convertida en monedas. Pero sabe que, como los comerciantes callejeros de verdad:

“Moriré en la calle. No quiero hospitales, ni casas de reposo; yo me voy a morir aquí” (Alejandro Calderón, suplementero).

De algún modo es lo más probable, si pensamos en la cantidad de horas diarias que pasa don Alejandro en la calle. Primero, yendo a buscar los diarios y los otros objetos que venderá, y mientras cae la noche en Bellavista, aún está lejos de moverse.

“La gente cree que se gana mucho, pero no es así; por los diarios ganamos menos de cincuenta pesos. Y es duro, aquí pega todo el viento de la costa” (Alejandro Calderón, diarios).

El viento de la costa. El soplido del mar que castiga los cuerpos apostados en Bellavista y sus distintos comercios informales.

Su hijo menor a veces se detiene a su lado, pero el adolescente tiene que seguir en su venta, el padre no lo acoge. La vida es dura. Los queques de la bandejita que cuelga de sus hombros deben acabarse. Ya le enseñó, ahora es su camino.

Al lado de los diarios hay un carro unívoco, diseñado y construido por don Alejandro, que tiene pequeños paquetes de galletas. Detrás de los diarios se ven distintos calendarios 2012 de Valparaíso, ilustraciones figurativas de un puerto que parece inventado: una señora le pregunta por el lugar dibujado y él no sabe, y discuten; pero el patrimonio no existe para el porteño de la calle.

Esa discusión es un detalle, sabe que en el comercio lo principal es la gente, para él es su profesión, aunque no haya pasado por escuelas ni universidades está la calle, su experiencia en Uruguay o vendiendo en los viejos buses chocolates Hucke.

 La experiencia también lo relaja ante Carabineros, con los que no tiene problemas; no tiene nada que esconder, cuenta con permiso.


Alguna vez don Alejandro emigró de la ciudad, a realizar labores de pesca como asalariado, pero no se sintió a gusto:

“Valparaíso tira, aquí están los amigos” (Alejandro Calderón, suplementero).

 Sí, porque nadie recogería a un niño y lo acogería esta noche. ¿O te llevarías al niño que vende los calendarios? ¿Qué dirían de ti tus vecinos?

 5.
Ahora imagina a la madre de Isabel, parte de la migración chilena que pobló los cerros del Almendral, en Rodelillo, tomando las hierbas que le daba la tierra, las plantas que crecieron con la población y que mantuvieron su carácter rural hasta hoy. Imagínala, una mujer que ya ha vendido en la calle, toallas playeras en verano y paños de cocina en invierno, que se separa, no recibe dinero de nadie y debe alimentar a cinco hijos; cierra los ojos, evócala mirando su entorno, caminando hacia Las Lomas, hasta recoger la sabiduría de sus orígenes en sacos:

“Es que ella era sureña, se crió hasta los veinte y algo allá, entonces conocía las hierbas. Un día trajo matico, llaitén, puras hierbas verdes; empezó con un mantel y como veía que no invertía capital más que el físico, porque en realidad es harto pesado ir a buscar hierbas en saco los fines de semana, partió con eso. De a poquito ubicó locales donde vendían, y ahora sólo trabajamos hierbas secas” (Isabel, yerbas y otros).

Hoy son las tres de la tarde de uno de los primeros días de febrero y parte de Condell aún es escombro, casi ceniza; en enero parte de la calle ardió, e Isabel que trabajaba con su madre ahí se movió a Bellavista.

Veinte y nueve años atrás Isabel se instaló en Condell con su madre, que llega ahora; trabajan media jornada cada una, vendiendo las hierbas medicinales que ahora están envueltas en paquetes plásticos asépticos y rotulados, traídos desde Santiago. El tiempo avanza y ya se ven menos las hierbas en estado natural en la calle; así como la madre de Isabel ya no está en condiciones de recolectarlas por Las Lomas.

A las once de la mañana Isabel ya está rodando con su carrito muestrario que permite apreciar la variedad de hierbas secas. Cada día hay que sacarlo de la bodega y cruzar Bellavista. En ese tránsito cotidiano el carrito azul debe pasar por el lado de las grandes empresas farmacéuticas, de las que entra y sale gente todo el día y la noche; el chileno es un consumidor encantado de la industria de la salud, pero hay quienes no creen en las pastillas y permiten la existencia de alternativas como ésta.

 Esas personas se van vinculando con Isabel y su madre a partir del hábito de la compra y venta. Isabel los ve venir y ya está armando el paquetito, sabe lo que necesitan, cuanta es la cantidad que suelen llevar. Algunos abuelos pasan sagradamente una vez al mes: el día de paga. Otros van a ver a Isabel o a su madre una vez a la semana, o a la quincena. Y no hay que olvidar al cliente casual, parte del inconmensurable y continuo tráfico humano de Bellavista y Condell que apenas cabe en las veredas:

 “Hay de todo, gente que las conoce, gente que pregunta para que sirve tal o cual cosa. Hay gente que viene a comprar con receta, algunas visitan iriólogos, entonces los iriólogos mandan recetas para acá. Algunos dicen que necesitan algo para los riñones, tú les muestras lo que sirve para los riñones, hay varias cosas y ellos eligen, para los cálculos hay varias cosas, para la diabetes hay varias cosas” (Isabel, yerbas y otros).

 Los paquetitos de yerba fluctúan entre los quinientos y los mil pesos, y de ahí sale la mantención de la madre de Isabel, que vive sola, y de Isabel, que vive con cuatro hijos y recibe el apoyo de la pensión alimenticia.

“Por lo menos nos da para darnos vuelta, no para decir que sobra, pero para llevar el pan diario a la casa alcanza”(Isabel, yerbas y otros).

 Pese a que casi treinta años atrás se instalaron en Condell, solo llevan tres años con permiso, después de un proyecto FOSIS adjudicado por Isabel. Eso les da tranquilidad para trabajar en Bellavista, sin inmutarse por el control policial.

“El permiso lo encuentro razonable, me sale trece mil pesos mensuales, no es caro ni barato, está bien.” (Isabel, yerbas y otros)

Pero el tránsito por el comercio informal de Isabel y su madre comenzó mucho antes. Partieron juntas en Uruguay, estuvieron en Pedro Montt, en el Persa Barón de la Avenida Argentina, trabajando distintos rubros. Isabel, desde niña, trabajó sola también:

“Yo vendía confites, partí a los once años vendiendo en la micro los Toffie, los Trencito, los SanheNuss y esas cosas así. Me daba plancha subir a las micros, tener que gritar, pero uno después se arma de personalidad, se acostumbra uno, además a mí me gusta el tema comercio” (Isabel, yerbas y otros).

 Pero su madre la obligó a continuar sus estudios.

 “Yo estudie, soy contador general, pero nunca ejercí; hice la práctica, entregué mi informe y me di cuenta que no tenía dedos pa'l piano. Mi mamá me exigió un título y estudié eso porque era lo que pude estudiar en el minuto, en la prueba de la universidad no me fue muy bien; mi tranca es no haber estudiado intérprete de inglés, pero ahí quedé” (Isabel, yerbas y otros).

Cada jueves, durante gran parte del año pasado, las protestas por una educación justa pasaron al frente de Isabel o cerca de su entorno, incluso los jueves de verano hay quienes no han claudicado. Una educación justa no hubiese cortado sus sueños.

Isabel está lejos de la frustración. Para hablar suspendió la confección de corazones para el Día de los Enamorados:

 “Me encantan las manualidades. Es innato, a mi me gusta eso, hice algunos cursos, de salidas de cancha deportivas. Yo misma le hago los buzos a mis hijos, siempre estoy buscando cosas para economizar; yo eso lo veo como una economía, el hecho de haber hecho el curso de buzos deportivos: cuando mi hijo se cambió de colegio yo le hice los buzos, la polera piqué. Años atrás, en los colegios se daban hartos cursos, ahora no se dan; hice cursos de cocina internacional, pa' la casa te ayuda bastante; curso en soft [caritas de pantys], con ese agarré harta plata; hice cortinas de baños. Soy bien inquieta, no me quedo aquí no más” (Isabel, yerbas y otros).

 La informalidad no significa falta de planificación y siempre se está buscando la oportunidad:

 “Yo por ejemplo pa'l día de la mamá vendo flores, pa'l día de la Navidad vendo cosas navideñas, y uno ahí nota que cada año es peor. Ahora con suerte te da pa'l día. El comerciante ambulante no gana plata como la gente cree” (Isabel, yerbas y otros).

De todos modos, Isabel está consciente de que la ciudad no deja muchas más opciones:

“Yo creo que hay mucha cesantía en Valparaíso, y hoy en día se pretende hacer muchas cosas, que un edificio acá, que un mall allá, más con los famosos incendios que se están generando. Valparaíso se está perdiendo más con el tema de los incendios, con los edificios patrimoniales que nadie los cuida y los terrenos que están quedando botados, ni siquiera se hacen nuevas inversiones para edificar; Serrano ahí está, cinco años botado; en Condell no sé qué va a pasar, va a seguir botado a menos que alguien tenga un proyecto armado, pero a Valparaíso lo están matando, lo están quemando, no soy la única que pienso igual. Y las pocas edificaciones que hay no es gente de Valparaíso la que está trabajando, las constructores tienen su personal y viajan pa' todo Chile con su personal, el 70% es gente que traen, el 30% se lo dan a gente de Valparaíso. No hay trabajo para los porteños. Por eso cada día está más malo, cada día vendimos menos” (Isabel, yerbas y otros).

Isabel mucho tiempo deseó salir de la calle.

 “A estas alturas es muy difícil. Yo siempre quise optar a un trabajo estable, pero si me pagaran más de lo que gano acá. De partida aquí tengo media jornada, y no voy a trabajar una jornada entera por la mitad de lo que gano acá. La libertad es impagable, no importa lo que gane. Yo tengo cuatro hijos, el hecho de trabajar con mi mamá me permite [decir] mami, un día no puedo trabajar, mi hijo está enfermo, tengo que atenderlo, llevarlo a la posta, que sé yo. Ese tipo de libertad no la cambio por nada, porque a un patrón primero hay que ponerle cara y segundo te despide. Yo ya me acostumbré a mi libertad, hago lo que me gusta además” (Isabel, yerbas y otros).


6.
Antepenúltimo ejercicio: imagina a todas esas mujeres en Bellavista, que siempre están allí, trabajando en la temporada de Navidad, vendiendo regalos económicos, empaquetándolos, salvando a algún distraído o trabajólico o a quien no tiene mucho dinero. Son dos filas de mujeres que llenan los pies de arbolitos ajenos, pero en algún momento se preocupan de hacerlo para ellas: jugando al amigo secreto, comprando tortas y bebidas; entregándose instantes de alegría, compartiendo con las compañeras, haciendo comunidad.

Entre esas mujeres de Bellavista está Isabel, con un antebrazo extendido cubierto de collares y un pequeño paño con aros, sentada en uno de esos gruesos asientos de piedra, frente al casino popular, en este caso las maquinitas sonando continuamente bajo reproducciones de cuadros ad hoc, pintores como Klimt, que atavió de dorado a sus modelos.

Vocea apenas sus collares con la voz femenina de las monedas callejeras, la voz ronca de los años en la calle; la vereda no es ancha, cada transeúnte la alcanza a oír. Son más de treinta años en la calle:

“Trabajé en una época que era la Pascua, estaba gordita de mi hijo que tiene treinta y uno, treinta y dos años, parece. Para ganarme la vida empecé vendiendo esas tarjetas de tres dimensiones, que usted las movía. Empecé en la calle Victoria, trabajé en la Avenida Argentina, en la calle Uruguay, en Condell, y de ahí cuando sacaron los autos me vine para acá; y aquí, aquí en este asientito, llevo doce años” (Isabel, accesorios y otros).

En Isabel se testimonia el ya acostumbrado transitar por distintos nudos del plan del comerciante, un tránsito que a Isabel le parece más bien uniforme:

“En todos lados es generalmente igual. Antes era mejor el comerciante ambulante, porque nosotros éramos competencia para el comerciante establecido, pero ahora, dígame usted, salieron los locales que venden todo a quinientos, las casas comerciales que le dan una polera que cuesta tres mil pesos y le dan cuatro o cinco meses, entonces ellos son competencias para los ambulantes, la gente prefiere comprar así, no como antes, antes el ambulante vendía” (Isabel, accesorios y otros).

En su caso la salida a la calle fue detonada por la falta de oportunidades:

“Y ya me empecé a acostumbrar en la calle, porque uno no tiene educación, yo tengo un sexto básico de esos años, y yo siempre he trabajado así, de ambulante” (Isabel, accesorios y otros).

Isabel llega un día como éste a las diez y media y su jornada se extiende hasta las ocho de la noche. Los aros y collares los comenzó a trabajar para las fiestas de fin de año; el rubro se ha extendido hasta febrero, así que ya los está liquidando para agotarlos este mes. Ya compró el producto siguiente: plumones escolares, para las listas de útiles de marzo.

Este negocio se lo trajeron sus hijos desde Santiago, que también trabajan de manera informal, de Patronato o de la Estación Central. Isabel ya no puede ir a Santiago, porque es hipertensa y diabética, pero para eso están los muchachos que pese a estar viviendo en otros lugares se acuerdan de su madre, porque también compartieron el trabajo en la calle con ella. Ellos hoy se encuentran viajando por las fiestas religiosas del norte, girando por desérticos parajes la habilidad aprendida en las calles de Valparaíso.

El éxito comercial ya dejó de ser la medida única para esta comerciante:

“A veces se vende, otras veces no se vende, pero ya yo voy a cumplir sesenta y cinco años, uno se acostumbra, sobrevive con eso. Este año me toca jubilar, esto es lo último que voy a hacer, llevo doce años aquí. Es que mire, yo por mi enfermedad no debería estar aquí todos los días, pero lo he hecho como un modo de trabajo; pa mí es una segunda casa esto: me vengo, estoy aquí, la gente me saluda, converso, y qué voy a hacer todos los días en la casa... me aburro. Para la Pascua igual me traen unos regalos. Por decir, he visto niñas de diez años y ahora conozco a sus hijos. Uno aprende a conocer la gente y la estima a uno” (Isabel, accesorios y otros).

Ese balance de compañía emocional, no es el único:

“(...)tantos años en la calle, también los empates y lo que he ganado, las enfermedades mías, tengo artrosis a la rodilla, artrosis a la cadera, artrosis a la columna. Porque acá uno toma mucho frío, en invierno lloviendo uno trabaja igual” (Isabel, accesorios y otros).

Ella es una habitante más del Cerro Cordillera. Baja en colectivo y sube en bus. Parte de sus cosas las lleva y trae en un bolso -no son tantas, un pequeño paño que alcanza en el resto del asiento de piedra- y otras las deja guardadas casi al frente, en la verdulería, pues si bien no puede hacer demasiada fuerza por sus enfermedades, mantiene buenas relaciones con los negociantes de su entorno.

 Ese vínculo ganado con los años le permitió sustentar la solicitud de permiso para trabajar tranquila en las fiestas pasadas; consiguió el apoyo escrito de la verdulería, el restaurant -donde también le prestan el baño-, y la panadería. Asegura que podría haber conseguido más firmas, pero no fue necesario; imposible eso sí conseguir las firmas de los negocios a su espalda, un par de liquidadoras económicas con una variedad inasible de productos, todo a quinientos, todo a mil, además de las importadoras que se enlazan a Bellavista por Condell, cerca de una decena.

Pero ese permiso ya venció, y conseguirlo de nuevo le parece utópico:

“Ahora hace poco fui a conseguir permiso, y no, me dijeron que no, que no, que no… que fuera detrás de Ripley, que ahí está la visitadora social, que le explicara mi caso, pero es muy difícil, porque casi todos los que tienen permiso lo consiguen con gente conocida adentro, entonces esa es la verdad. Yo sigo trabajando, no es llegar y conseguirlo. Estoy a la deriva” (Isabel, accesorios y otros).

Esa deriva se grafica en que en cualquier momento puede ser controlada por carabineros. En enero se evidenció un proceder con nuevas dificultades para el comerciante informal: los vehículos de verde autoridad iban acompañados de un camión municipal que les quitaba la mercadería. Las multas partían generalmente de una UTM, pero a veces el valor completo de lo requisado no alcanzaba lo que se debía pagar. Estaban avisados, antes de Navidad les entregaron unos folletos avisándoles los costos que tendrían las infracciones y cómo aumentarían si se repetían, segunda parte que aún no se lleva a cabo.

En rebeldía, hay compañeros de Isabel que prefieren la opción cruda para pagar la multa: cumplir cinco días de reclusión nocturna en el Cerro Barón. Los que han estado allí dicen que es difícil dormir, pues se arma un ambiente festivo. Y seguro que los que purgan las infracciones del comercio ilegal vuelven a la calle a trabajar.

A Isabel le genera contradicciones haber apoyado a Jorge Castro en el período de su campaña de alcalde, asegura que el edil la conoce de los años que lleva en la calle. Hace un año y medio perdió su casa en el fuego y fue a pedirle permiso a la autoridad, pero le fue negada. ¿Cuántos votos le habrá conseguido esta comerciante informal al “Negro” Castro? ¿Cuántos números anónimos habrán votado por él a partir de la influencia cotidiana de Isabel? La democracia no hace favores personales, solo cifras que determinan éxito. No hay caras ni problemas detrás de una raya.

Durante estos años muchas veces le ha tocado resistir el control policial que se presenta en modos muy distintos. Desde carabineros que la conocen y le dicen mamita, usted no puede trabajar, y ella les responde ya mijito, voy a guardar.

“Cuando se acercan a mí, yo me pongo tan nerviosa que me sube la presión, la azúcar, y me descompenso. Les muestro mi certificado médico: yo estoy enferma. Si el carabinero es bueno, en el sentido consciente, me dice guarde, guarde; pero la otra vez me toco que no, igual me llevaron” (Isabel, accesorios y otros).

El juez esa vez, al ver los certificados médicos y los de bomberos, le perdonó la multa, pero le advirtió que no la quería ver de nuevo, algo que es cosa de tiempo o de criterio.

Penúltimo ejercicio: imagina a Isabel diciéndole a un carabinero que la envíe al tercer juzgado, las multas del segundo son más caras. En el tercero se pagan siete mil pesos, versus una UTM en el segundo.

Pero las angustias más grandes que sintió en la calle Isabel fueron en los años en que compartía Bellavista con casi todos sus hijos y a veces ellos eran detenidos por Carabineros:

“Hicimos varios escándalos, donde yo veía que a mis hijos me los llevaban. Yo creo que cuando ellos encontraron trabajo descansé como mamá, porque siempre uno protege a sus hijos” (Isabel, accesorios y otros).

Último ejercicio: imagina a Isabel llevada a la comisaría, la impresión de ingresar al calabozo, como un delincuente. Ve a un par de carabineros que abren la reja y le dicen que la esposarán y ella no comprende. ¿Cómo va a huir? Mientras se descompensa camino a constatar lesiones una mujer que la conoce pide permiso y le moja los labios secos; pasión y castigo en el vía crucis del ambulante castigado por la autoridad. La doctora encara a los funcionarios, los recrimina.

“Tuve una semana después que no me atrevía a venir, lloraba” (Isabel, accesorios, y otros).

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