Valparaíso fue una ciudad representativa de este proceso. El crecimiento demográfico en el puerto es registrado en Los Censos de la República, cifrando en 1865 a 74.631 personas y en 1907 a 190.951, alcanzando en ese período la mayor densidad de población en Chile.
Orígenes y causas
Los motivos del comercio ambulante parecen vinculados a la creatividad y la precariedad. Gabriel Salazar cifra antecedentes: “…ante la situación existente en el área de los trabajos públicos y en la del peonaje militar antes de 1850, es apenas sorprendente que los peones evitaran esas formas de “trabajo asalariado”(…)y buscaran otras actividades más flexibles para ganarse la vida”[1].
En tanto, Miguel Alvarado, presenta a través de sus lecturas un sistema propio y no necesariamente pensado que permite sobrevivir en la exclusión: “Oscar Lewis, plantea la existencia de una cultura de la pobreza que produciría patrones que posibilitan la sobrevivencia de los marginales y los campesinos desplazados”[2].
Esta cita dialoga con otra de Salazar, que aclara el visión de pobreza en este marco: “Pero no la pobreza como conjunto de carencias, déficit, y necesidades, sino como permanente iniciativa social creadora y soberanía residual potenciada al máximo...”[3]. De este modo, la situación de la pobreza no es posible tomarla como una condición sometida sino como un discurso subalterno, con activas estrategias de resistencia en la ciudad.
Y si bien los discursos tradicionales chilenos habitualmente recluían la mujer en el hogar, ella es también partícipe de este modo de supervivencia, desajustadas por el desplazamiento:
“Miles de mujeres se hallaron desplazadas de la sociedad rural y obligadas a deambular de un lugar a otro, “cargadas de familia”, en busca de sustento y posibilidades de arranchamiento. La mayoría de ellas se estableció en los suburbios de las grandes ciudades. Allí iniciarían su proceso particular de peonización. No pudiendo desarrollar, sin embargo, sus tradicionales actividades textiles y artesanales, tuvieron que dedicarse, sobre todo, al pequeño comercio”[4].
Considerando la libertad y la falta de un lugar digno en el trabajo asalariado para la mayor parte de las personas sin estudios completos, el comercio ambulante aparece aún hoy, como la posibilidad de tener un poder de decisión unívoco, personal. Además, bastante de estas actividades parten desde el núcleo familiar y se observa poco un sentido de competencia, entregándole, aún en su precariedad, mayor relajo.
Relaciones sociales
Mientras las formas establecidas de comercio apuntan a una despersonalización propia de la posmodernidad del trato con el cliente-ya no es un habitante, un ciudadano, sino un cliente-, el comercio ambulante aún se funda en una relación directa, donde el carácter del vendedor trata de generar una empatía con el ciudadano que se desplaza en la ciudad:
“El trabajo no asalariado fundó su existencia en las normas de sociabilidad popular, todas constituidas a partir de un conjunto de lazos afectivos y relaciones sociales de solidaridad. Estas se proyectaron como una sociabilidad cuestionada y como un conjunto de expresiones que la sociedad burguesa procuraba mantener en el ámbito privado de la vida diaria familiar”[5].
Así, está empatía se vuelve una forma natural, un modo cálido de relacionarse en tiempos de frialdad, le otorga otras características a la urgencia del movimiento de los nudos principales de la ciudad.
Carácter de ciudad
El carácter del Valparaíso parece estar determinado por el comercio ambulante, como lo acreditan estudios de su pasado, que ha considerado en sus determinantes incluso la geografía:
“Un escenario reducido, pero colmado de gentes donde forzosamente debían sobresalir las figuras y voceos de los vendedores con más nitidez que en Santiago, donde la mayor holgura del espacio, de plazas, de calles más anchas, la presencia del vendedor era sólo un detalle. En Valparaíso apenas desembarcaban los viajeros, se encontraban de lleno en medio de una confusión de gentes y voceríos”[6].
La recreación de la ciudad compilada por Urbina no es para nada única. Las crónicas del Seños Pérez en la revista Sucesos registran imágenes similares:
“Corriendo de un lado a otro para completar esta crónica del comercio ambulante en Valparaíso, desfilan ante nosotros como una película cinematográfica: el clásico vendedor ambulante de mote con huesillos el pequeño que vende colación fabricada con carne de perros, el vendedor de periódicos con su cara de pillete llena de picardía. El Churrero, importado en los tiempos que la inmigración nos traía vagos, en lugar de hombres laborioso y toda esa serie de individuos que forman el sucio y pintoresco comercio al por menor”[7].
Así, aunque nunca se haya reconocido, este uso de la un carácter identitario a Valparaíso, como rasgo que se ha mantenido tanto como los edificios considerados patrimonio. Puede el comercio ambulante estar absolutamente excluido de los discursos patrimoniales, pero en sus prácticas sociales, las que dan vida a la cultura popular latinoamericana día a día -citando libremente a García Canclini- está el rasgo cotidiano que recuerda su fuerte arraigo en la ciudad puerto, representado en los significados que le otorgan al espacio público:
“El comercio popular fue llevado a cabo por los llamados “regatones”, “vendedores” y “faltes” los que se presentaron como uno de los sectores más activos en el espacio público urbano. Los vendedores poblaron las arterias de la ciudad y demandaron de la autoridad un espacio físico y social reconocido para su actividad. En este intento fueron perseguidos por la policía del orden, rechazados por los comerciantes establecidos, pero no obstante, preferidos por las sociedades populares. Los comerciantes callejeros ejercieron una presión constante que alteró a la ciudad ordenada-pensada, y obligó a la autoridad a rehacerla día a día[8].
Espejo trizado de la modernidad
Las siguientes cita se podrían ver como espejo de la anterior del Señor Pérez:
“La sonoridad envolvente del centro está hecha de una vocinglería extraña y mutante que confunde las señales haciendo que todo se reduzca a ruido. Así, se cruzan las canciones de artistas de moda reproducidas en máquinas de contrabando que negocian CD “piratas”, músicos profesionales que amplifican su espectáculo con micrófonos y parlantes, grupos folclóricos que recuperan en sus voces furtivas memorias políticas…”[9]
En este espejo moderno, aún podemos observar el registro cotidiano del trabajo ambulante, en plena actualidad. Estas dos crónicas, separadas por un siglo, afirman que el comercio ambulante es una forma de subsistir pese a que cíclicamente las autoridades las reprimen. Qué decir en Valparaíso, una de las zonas con más cesantía en Chile, en la que parece un sino inevitable.
[1] SALAZAR, GABRIEL, 2000. Labradores, Peones y Proletarios. Santiago de Chile, Ediciones LOM, Pág 248.
[2] ALVARADO MIGUEL, 2004. Ensayos de Análisis Cultural. Valparaíso, UPLA/CNCA V Región. Pág 79.
[3] SALAZAR GABRIEL, 2003.. Ferias Libres: espacio residual de soberanía ciudadana. Santiago, Ediciones Sur, pág. 54.
[4]SALAZAR, GABRIEL, 2000. Labradores, Peones y Proletarios. Op. Cit. Pág 261.
[5] RUBIO, GABRIELA, 2007. Testimonios para una Memoria Social Valparaíso; 1870-1917. Editorial Puntángeles(UPLA). P. 15.
[6] URBINA, M. XIMENA, 2002. Vendedores ambulantes, comerciantes de “puestos”, mendigos y otros tipos populares de Valparaíso en el siglo XIX. Revista Archivum, N° 4. [Consulta: 25 de marzo de 2010] Disponible en: http://arpa.ucv.cl/archivum4/historia%20regional%20y%20patrimonial/vendedores%20ambulantes,%20comerciantes...x.urbina.pdf
[7] Revista Sucesos 1913., Valparaíso, Año IX. N° 555.
[8] RUBIO, GABRIELA, 2007. Testimonios para una Memoria Social Valparaíso; 1870-1917.Op.cit p. 87
[9] OSSA CARLOS; RICHRAD NELLY. 2004. Santiago Imaginado. U. ARCIS. Santiago. Pág 47.
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